SABIAS PALABRAS DEL PREDICADOR PONTIFICIO, P. CANTALAMESA

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El padre Raniero Cantalamessa, ,predicador de la Casa Pontificia, leyó su meditación de Viernes Santo, que no podía girar en torno a otra cuestión que una interpretación de la pandemia a la luz del misterio de la Cruz.
La Pasión de Cristo que se acababa de leer "es el relato del mal objetivamente más grande jamás cometido en la tierra", dijo, pero sin embargo sus efectos, ademas de la justificación, se extienden al sentido del dolor y del sufrimiento, que ya no son "un castigo, una maldición", desde el momento en que "el Hijo de Dios [los] ha tomado sobre sí".
Cantalamessa planteó una comparación poderosa: "¿Cuál es la prueba más segura de que la bebida que alguien te ofrece no está envenenada? Es si él bebe delante de ti de la misma copa. Así lo ha hecho Dios: en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces". De modo que, citando a San Juan Pablo II en la enciclica Salvifici Doloris, el dolor se convierte en "sacramento universal de salvación".
"¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad?", se preguntó a continuación.
Por un lado, "la pandemia del coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia". No es que Dios haya enviado el virus, pero ha dejado que la naturaleza siga su curso de modo que "sirviera a su plan, no al de los hombres". Un plan que es siempre de salvación, porque "así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos".
Pero "atentos a no engañarnos...Dios es aliado nuestro, no del virus", y si permitió la muerte de su Hijo en la Cruz fue con el mismo objetivo de redimirnos y marcarnos la senda de la salvación.
Por último, Cantalamessa recordó que, a la hora de saber qué hacer en esta circunstancia, no hay más que acudir a las Escrituras: "La Palabra de Dios nos dice qué es lo primero que debemos hacer en momentos como estos: gritar a Dios". Y con palabras que Él mismo nos sugiere en los salmos: "¡Levántate, Señor, ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu misericordia! ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!" (Sal 44, 24-27) o incluso en los Evangelios: "Señor, ¿no te importa que perezcamos?" (Mc 4,38).